Hace algunos años vi el documental El dilema de las redes sociales en Netflix, una experiencia que despertó en mí una profunda inquietud sobre el uso cotidiano que hacemos de estas plataformas digitales. Lo que más me impactó fue descubrir que no fueron diseñadas únicamente para conectar personas, sino para mantenernos enganchados el mayor tiempo posible, maximizando así la rentabilidad a costa de nuestra atención.
Lo más revelador fue escuchar a ejecutivos de estas empresas tecnológicas admitir, con cierta culpa, que los algoritmos están programados para explotar necesidades humanas profundas, como la validación, el reconocimiento y la aceptación social. Desde entonces, he observado cómo esta lógica se ha intensificado, afectando de forma cada vez más evidente la manera en que interactuamos y nos percibimos.
Las redes sociales han transformado nuestra forma de construir identidad y autoestima. Hoy en día, muchas personas miden su valor personal en función del número de “me gusta”, seguidores o visualizaciones que reciben, muchas veces buscando aprobación de desconocidos. Lo que antes nacía de vínculos reales —una conversación honesta o una mirada empática— ahora se traduce en métricas digitales que pueden distorsionar nuestra autoimagen.
El problema no es el uso de estas herramientas en sí, sino la forma inconsciente en que adoptamos sus lógicas. Al buscar aprobación constante, sacrificamos espontaneidad y autenticidad, moldeando una versión editada de nosotros mismos.
Por eso, es necesario repensar nuestra relación con las redes. No se trata de abandonarlas, sino de usarlas con conciencia crítica. La validación más significativa surge de vivir en coherencia con nuestros valores. En un entorno diseñado para captar nuestra atención, ser auténticos no solo es difícil, sino también un acto valiente de resistencia y cuidado personal.
José Vicente Ordóñez
jose.ordonez@unl.edu.ec