Las tecnologías han facilitado enormemente la vida cotidiana, pero con ellas también ha llegado una complejidad inadvertida. Las respuestas inmediatas, el acceso omnímodo a la información, la falacia de saberlo todo y el desdibujamiento de las fronteras del mundo tradicional generan la ilusión de que ya no hace falta estudiar para conocer, ni entrenarse para saber hacer, ni esforzarse para mejorar. Las preguntas encuentran millares de respuestas, y las dudas quedan eclipsadas por una maquinaria que no cesa de mostrarnos el mundo en apenas unos segundos.
Esta dinámica ha propiciado, al parecer, numerosos equívocos que se manifiestan en lo más elemental y rutinario de la vida diaria como en lo estructural y complejo de las sociedades. El debate político se ha reducido a enfrentamientos personales, plagados de calificativos que buscan descalificar sin aportar argumentos; los discursos, por su parte, se han vuelto elementales, repletos de lugares comunes y fraseología hecha, barnizados con inteligencia artificial y adornados con algún que otro sinónimo que solo consigue hacer más pedestre la exposición. Los políticos y la gente viven inmersos en la coyuntura, asfixiados por lo inmediato, y no alcanzan a mirar más allá del instante que habitan, porque tampoco les interesa o no lo entienden.
Las tecnologías, además, han inventado otros mundos y otras realidades, pero al hacerlo han neutralizado —o quizás condicionado— la capacidad de imaginar. Escasean los soñadores, las utopías, los esfuerzos genuinos por devolverle humanidad al mundo sin que, a ciegas, terminemos entregándonos a unas máquinas que, si bien facilitan la vida y acortan caminos, también degradan la capacidad humana de pensar y actuar.
Pablo Vivanco Ordóñez
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