¿Por qué las sociedades latinoamericanas se muestran seducidas por liderazgos que, pese a la evidencia de latrocinios, corrupción sistémica y estrechas relaciones con grupos delincuenciales, conservan un respaldo popular incondicional?
La respuesta parecería identificarlas con una supuesta estupidez colectiva, similar a lo que Ortega y Gasset definió como el «Hombre Masa». Sin embargo, en la región se trata de una compleja trampa sociológica y psicológica, diseñada para capturar una voluntad popular que, por momentos, raya en la ceguera.
Desde la sociología, la izquierda populista ha perfeccionado el caudillismo patrimonialista. Han construido la narrativa del salvador que rescata a los olvidados, escudándose en un falso enemigo externo —el imperio, la élite o el mercado— para dirigir a quienes viven en la exclusión, empleando el discurso de identidad para vencer cualquier dato técnico.
Psicológicamente, la mente humana rechaza la verdad cuando esta implica aceptar que hemos sido engañados. La disonancia cognitiva nos empuja a justificar el robo bajo la premisa de que «roban, pero hacen». Este relativismo moral, potenciado por el clientelismo —donde el Estado se ha convertido en un proveedor incondicional en lugar de un garante de derechos—, transforma la política en una fe ciega.
La economía de corto plazo financia el consumo artificial mediante el endeudamiento y el saqueo; así, el ciudadano común se vuelve dependiente y teme más perder el subsidio que sus propias libertades.
No somos una raza estúpida; somos una población con un profundo déficit de ciudadanía, identidad y patriotismo. Hemos entregado la dignidad y el desarrollo por la comodidad del esclavo torpe, que no razona ante la dádiva, sin comprender que el populismo no busca el bienestar del pueblo, sino su domesticación y el enriquecimiento particular de sus élites.
Mientras el cinismo de una derecha desconectada de la realidad acepte la barbarie de una izquierda que solo saquea el futuro, la disputa por el poder nunca nos permitirá alcanzar una verdadera democracia. Necesitamos recuperar el ejercicio de la libertad como el único camino que nos permitirá soñar con un futuro que no dependa de la voluntad de un dictador, donde el ciudadano deje de ser simplemente la moneda de cambio de esta transacción.
Pablo Ortiz Muñoz
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