La república del maquillaje

Nos estamos volviendo especialistas en contemplar el desastre con admirable serenidad. Ya casi nada sorprende. Ni contratos bajo sospecha, ni helicópteros VIP comprados en un país donde a pacientes trasplantados les faltan medicinas, ni concursos de autoridades que avanzan entre sombras, ni periodistas amedrentados, ni adolescentes convertidos en sicarios, ni el enésimo estado de excepción mientras el poder nos sigue vendiendo la vieja coreografía de la “mano dura” y “guerra total”.

La escena se repite con una disciplina conmovedora. Hay un escándalo, se fabrica una cortina de humo, se convoca al miedo, se ofrece un enemigo, se agita una consigna y listo: el país vuelve a discutir el decorado mientras el incendio sigue en la cocina. Y así vamos, celebrando cifras sin contexto, discursos sin contraste y viajes sin agenda como si gobernar fuera una mezcla de TikTok, propaganda y administración de silencios.

La verdad es que el problema ya no es solo lo que hace el poder. Es lo que una parte del país decidió tolerar. Nos indignan los abusos solo cuando cambian de camiseta. Pedimos justicia, pero con dedicatoria. Exigimos transparencia, pero únicamente para el adversario. Y mientras tanto, algunos medios, siempre tan diligentes para maquillar contradicciones, han renunciado a incomodar al poder para convertirse en comentaristas de sus “éxitos”. Informan poco, encubren bastante y editorializan demasiado.

Lo grave no es solo el abuso. Lo grave es la costumbre. La peligrosa costumbre de mirar a otro lado cuando faltan medicinas, cuando se usa la justicia como garrote, cuando el relato vale más que los hechos y cuando la pobreza, la violencia y el miedo se convierten en paisaje.

Un país no se pierde únicamente por los errores de quienes gobiernan. También se extravía cuando su gente deja de distinguir entre verdad y propaganda, entre firmeza y crueldad, entre ciudadanía y fanatismo. Y ahí, quizá, está nuestro problema más serio: no solo nos están mintiendo; nos estamos acostumbrando demasiado bien a que lo hagan.

Álex Daniel Mora Arciniegas

alexmorarciniegas@gmail.com

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