
En el momento que se escribe este texto, el Ecuador vive una de sus más enconadas conmociones. Las últimas horas se han desencadenado una serie de atentados y formas de violencia que resultan lacerantes para la convivencia común. El Estado ha sido rebasado en su capacidad de controlar la violencia que empieza a desbordarse, y su clásico e histórico monopolio del uso de la fuerza ha sido puesto en cuestión. Los grupos narco delictivos han sembrado terror con acciones puntuales y específicas que trastocaron a las ciudades en sus dinámicas.
La novedad de una instancia como la que vivimos hace necesario tejer redes de sostenimiento y apoyo material, psicológico, y espiritual. Las ciudades empiezan a tener un halo pandémico, desolador, de zozobra y miedo, y frente a eso, es necesario cultivar formas -desde los espacios que habitamos- que sigan haciendo posible vivir sin que el temor se apodere de toda la existencia. Tener miedo es inevitable, pero colectivamente se puede hacer posible que no todos seamos presa de ese miedo inmovilizador. Es la hora de la solidaridad general con quienes tenemos cerca, es la hora de la escucha, del diálogo, de las pequeñas acciones para ayudar a quienes no podrán salir a trabajar y no tendrán para comer. Es la hora de poner más atención a quienes tengan que estudiar en casa, sin condiciones óptimas, sin internet, o sin un espacio adecuado. La vida cotidiana no volverá a ser la misma, y el país no tendrá de vuelta la sensación de relativa calma que pudo haber sentido en algún momento. Se hace urgente crear microambientes donde sea posible mirar luces en medio del terror.
Pablo Vivanco Ordóñez
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