La hora de la mentira

La verdad huye espantada. Los últimos acontecimientos de la vida política la han convertido en una presencia indeseable, rechazada en la Asamblea Nacional, proscrita de los despachos judiciales, expulsada ignominiosamente de Carondelet, nadie quiere tenerla cerca, se prefiere a su enemiga eterna: la mentira. 

La comparecencia del presidente del Consejo de la Judicatura dejó contentos y satisfechos a muchos legisladores, mereció los aplausos de algunos abogados, y decepcionó al pueblo ecuatoriano que esperaba poder satisfacer en algo la sed de verdad que lo atormenta desde hace tantos años. Como en muchas otras ocasiones el interpelado adoptó una posición desafiante. Tomó las maneras de un gallo de pelea que sabe que las apuestas son muy altas y que debe dar satisfacciones a quienes lo auspician. Hizo uso de la antigua estrategia que privilegia el ataque como la mejor defensa y se lanzó dando mandobles a diestra y siniestra, esperando que algún golpe pueda conseguirle alguna victoria improbable. En todo este lance, en todo este alboroto, la única rival herida resultó ser la verdad. Con el beneplácito de la mayoría del respetable público legislativo, se evitaron las muchas preguntas que se atragantan en el gaznate de los ecuatorianos. Se enjauló, por tanto, cualquier posibilidad de certeza respecto de los acontecimientos denunciados por el juez Serrano y sobre las grabaciones que se han hecho públicas. Los hechos esenciales que deben salir a la luz se apagan con el agua fría de sofismas y formalidades. Abogados cercanos al interpelado explican con monotonía forense las minucias legales que hacen suponer razonables coincidencias imposibles. Dentro de un mismo tribunal se suspende a un juez, se amenaza la vida de otro quitándole la seguridad y obligándolo a correr para salvar su vida, todo justamente dentro de un juicio, uno entre miles – ¡oh portento de la suerte! –  en el que tuvo en algún momento interés la esposa del señor Godoy.

Los legisladores deben abrir la jaula y dejar que vuele libre la noble ave de la verdad. Es seguro que en alguno de sus vuelos saludará con sus excrementos a los altos personajes que siempre la evitan.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

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