Intervención de Estados Unidos a Venezuela

Con la intervención de Estados Unidos (EE. UU.) a Venezuela se hizo realidad el deseo megalómano de míster Trump. Sometido dicho país a los intereses de EE. UU. pasa a ser automáticamente su patio trasero; así lo cuenta la historia, por ejemplo, en estos dos últimos siglos EE. UU. ha realizado más de 150 intervenciones en Latinoamérica (sin tomar en cuenta la presencia militar y los espionajes permanentes que realiza en la región con ayuda del Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales de Israel, MOSSAD), y, lo peor de todo, es que ninguna de ellas ha beneficiado a los intervenidos, sino más bien han servido para consolidar su hegemonía geopolítica: controlar los recursos estratégicos (especialmente en países que poseen petróleo, minerales críticos, agua, biodiversidad o territorios clave); proteger sus intereses económicos y financieros (defender inversiones privadas); potenciar su industria militar y de seguridad (que justifica el alto gasto armamentístico); dominio simbólico o ideológico (dizque “garante del orden”, “defensor de la democracia” aunque selectivamente). En realidad, para míster Trump, el criterio central de intervención en Venezuela no es dictadura vs. democracia, sino gobierno aliado vs. gobierno hostil. Como el gobierno de Venezuela es hostil, entonces hay que derrocarlo con cualquier justificación retórica (v.g. “defensa de la democracia”, “conspiración de narcotráfico”, “seguridad interna”). En cambio, analizando la historia, tenemos un buen ejemplo de gobierno aliado, la dictadura de Pinochet en Chile (1973-1990), donde no hubo intervención de EE. UU. frente a los miles de asesinados, torturados y desaparecidos, más bien se la respaldó activamente. Hoy los países intervenidos continúan profundizando la dependencia estructural, el subdesarrollo y la desigualdad (atados a la exportación de materias primas); debilitamiento institucional (generando Estados débiles o autoritarios); interrupción de proyectos nacionales gracias a los ciclos de crisis, deuda y ajuste. A pesar de todo ello algunas personas creen ingenuamente que con esta nueva intervención a Venezuela vendrá su salvación; aunque la historia diga otra cosa. En fin, uno de los efectos más perversos o daños colaterales de todo esto es creer que los amigos burócratas norteamericanos son los salvapatrias de la humanidad: “Bien venido eterno míster Trump, a ti te lo debemos”. Santificado el demonio y demonizado el santo, lo único que observamos es que la historia del Gatopardo se repite.

Jorge Benítez Hurtado

jabenitezxx@utpl.edu.ec

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