La cajuela

En coloridas caravanas los candidatos presidenciales recorren el país. Banderas triunfantes ondean en lujosos vehículos que, imponentes, lanzan polvo y promesas a las pobres viviendas a la vera del camino. La sonrisa y la firmeza con que acompañan los ofrecimientos electorales nos aseguran que se trata de personas abiertas, sin tacha, sin nada que ocultar, sin secretos vergonzosos que puedan remover el sólido barro sustentador de esas estatuas que la ingenuidad pública les erige. Sin embargo, los vehículos de los candidatos presidenciales tienen amplias cajuelas de las que surgen fantasmales apariciones.

En cada maletero político una antigua mancebía asoma la cabeza. Este está amancebado con los grupos financieros, aquel con funcionarios corruptos, el de más allá tiene como concubina preferida a su propia vanidad. Contados candidatos pueden mostrar su portaequipaje sin temor. Desgraciadamente la visión del electorado sólo alcanza a los dos o tres personajes favoritos en las encuestas. Por descuido, por abulia, por comodidad, por tozudez, omitimos el análisis de nuevas posibilidades para la Patria.

Llegado un nuevo período presidencial asciende el ungido a las lejanas esferas del poder y, rodeado de sus fieles acólitos, recorre nuevamente esos caminos que ayer transitaba como simple candidato.  Todavía hay banderas que flamean al viento, pero las promesas se han transformado en pretextos y en postergaciones. Fatalmente una cajuela se abre ominosa anunciando el momento de vergüenza y de verdad.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

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