“La devoción de muchos creyentes y la desconfianza de muchos intelectuales”. El fútbol como ningún otro deporte nos constriñe y nos libera, nos emociona y nos desilusiona, y aún así seguimos expectantes cada domingo.
Una Pasión, que en lo singular alimentamos con fútbol de “clubes», un clásico, una final, una Libertadores, o un simple torneo doméstico ganado al rival de patio. Pero en lo plural, la mantenemos con nacionalismo transferido a una Selección, a la que también trasladamos, esperanzas, frustraciones, política, y orgullo nacional. Un equipo lleno de simbolismo que nos representa, y por lo tanto también nos defrauda.
El “opio del pueblo” que nos distrae de las cosas importantes (mea culpa), y al cual no refutamos desazones. Es así que en la práctica el fútbol trasciende el deporte y modifica realidades sociales, nacionales y políticas.
Solo la Copa América enfrentó a gobiernos contra pueblos (Colombia y Argentina) y cuestionó la superficial mirada que Bolsonaro le dio al problema de salud y lo que involucra está Pasión.
Pero insisto, no nos cuestionamos cuando se trata del orgullo Nacional, podemos ganarle a Brasil, hacer una mejor Copa América, podemos llegar a Catar y pasar a 8vos, tal vez así se acabe la corrupción, la delincuencia, el desempleo “porque si gana la selección ganamos todos», porque “Si se puede”; Y si no, “al final sólo nos queda….”
Estamos llenos de frases clichés, justificadoras de nuestra realidad. Así nos mantenemos y así sorteamos adversidades, somos complejos e incomprensibles, tal vez solo entendible desde la irreflexión. Como dice E. Sacheri “El tipo puede cambiar de todo, de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar. No puede cambiar de pasión”.
Jorge Ochoa Astudillo
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