Madre, desde tu partida, no he logrado darle sosiego a mi alma, solo atino a decir desde mis vinos de la aurora, o desde la frescura del otoño, que riegas mis desiertos con tus manos de ceda y mitigas mis penas con tu cobijo celestial; siempre estás presente en mis mares de ilusiones o en los acantilados de mis fracasos. Aún busco en la rivera de la playa, aquel rubí que refleje tu rostro angelical sobre la arena. Aquel fleco deshilachado del destino, me privó de tu amor, de tu luz y tu consuelo; hoy borroneo cuartillas ahogando mis lágrimas en las blancas lagunas de este papel sin vida.
Sin embargo, de este doloroso infortunio, aún en la desolación, debo decirte Madre mía: que eres la fe, la fragua donde yo quemo día a día el rugoso hierro de mis amarguras; eres luz, eres el néctar divino que me permite entender… aquel absurdo amanecer dolido que ha quedado tatuado en mi piel desde el día de tu partida.
Madre aun recuerdo aquel verso que te escribí y decía: “Madre, se habrá hecho la noche en tu tierna mirada/ y una lágrima tenue surca tu rostro por la angustia del día/ tu dulce sonrisa se pierde sin huella en la penumbra de un sueño/ y reclinas tu cuerpo mitigando el dolor de una dura faena/ Madre cobijas mis sueños y bendices mis ilusiones, y te recuerdo, y te reclamo desde la cavernas crueles de mi ingratitud/ te pido que vuelvas, para abrazarme a tus plantas y revivir juntos los días de mi blanca juventud”; para que esto suceda provee para mi: …buen viento …y buena mar.
Lenin Paladines Salvador
leninbpaladines@hotmail.com