El risueño vergel

Hay tardes en las que uno desearía… caminar interminablemente por las calles de Loja. Este es uno de los placeres escondidos que guarda nuestra ciudad y que comparte con muchas otras ciudades que no son especialmente extensas, pero si grandes en el aspecto cultural. Callejear, sin rumbo ni objeto, es una de las prerrogativas humanas básicas. Doblamos una esquina cualquiera, nos detenemos a leer los anuncios de una valla, admiramos algún comercio, usamos esa libertad esencial que nos diferencia de los animales, ejercemos nuestra común profesión de seres humanos.

El arte de callejear, sin embargo, no se puede practicar en todas las ciudades. Hay urbes inmensas, llenas de riquezas que, en el fondo, no son sino monótonos desiertos. Ofrecen, a modo de oasis, unos aburridos centros comerciales que bajo vistosos nombres guardan idéntico contenido. Largas avenidas atestadas de autos último modelo sin otro atractivo que las luces de un semáforo.

En Loja, en cambio, tenemos mil callejuelas para escoger, cada una con una tienda añeja, con un cartel de otros tiempos, con una tapia nostálgica de la que intenta escapar un naranjo, o con un nuevo restaurante que da vida un caserón decimonónico. El risueño vergel de la canción patriótica se ha convertido en un grato paisaje humano que alberga ahora a muchos visitantes que ya no son extraños sino entrañables. Loja se ofrece generosa a todos sus hijos, a los de siempre y a los nuevos. Para todos tiene una taza despostillada con café ardiente y bien cargado.

Para todos abre el misterio y el encanto de lo inesperado que ofrecen sus calles y escalinatas. Muy tarde en la noche, si seguimos callejeando, nos sorprenderá una carcajada juvenil o el vuelo de una guitarra y sentiremos de nuevo el inmenso placer de estar vivos.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

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