Wisława Szymborska, en Fin y principio escribe: “Miren qué buena condición sigue teniendo / qué bien se conserva / en nuestro siglo el odio. / Con qué ligereza vence los grandes obstáculos. / Qué fácil para él saltar, atrapar.” Lo decía en los años en que moría el siglo de las guerras mundiales, cuyo eco revive en nuestro tierno siglo de invasiones, bombardeos, y amenaza a la vida del mundo.
El odio, siempre “listo para nuevas tareas” no deja de nacer, y hay épocas como la nuestra en que su sombra se vuelve terriblemente viva. Recorre el mundo, catequiza con su violencia y la convierte en un ruido menos molestoso, porque parece que ni el genocidio, ni la muerte multiplicándose en las calles asustan ya. El odio, que “tiene el ojo certero del francotirador” arrasa la capacidad crítica de legiones enteras, le impone el golpe para ahorrar el diálogo, los misiles frente a la diplomacia, y la agresión en nombre de la negociación.
Hay especialistas del odio gobernando en el mundo, y no hay rincón del mundo que se salve. Hay unos grandes y otros aprendices; unos que comandan y otros que secundan. Los hay en todas partes, y lo difunden como si el odio, en lugar de una afrenta, fuera un nuevo valor que, por cierto, coincide con esta era de individuos tiranos y de tiempos de inmediatez, frivolidad y cansancio.
La destrucción de los otros —a veces material y a veces simbólica— es fruto del odio: no quieren sombra, ni en las papeletas ni en el mapa. Buscan a toda costa, sentirse dueños de todo, porque “jamás le aburre / el motivo del torturador impecable / y su víctima deshonrada”.
Pablo Vivanco Ordóñez
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