El poder, por naturaleza, ejerce una atracción que seduce y proyecta la ilusión de perpetuidad. Sin embargo, tal percepción es engañosa: el poder político es efímero y suele desvanecerse con la misma rapidez con la que se constituye.
En Ecuador, José Serrano representa un ejemplo elocuente de la volatilidad del poder. Durante varios años desempeñó funciones de gran relevancia en el Estado, entre ellas la conducción de ministerios y la Presidencia de la Asamblea Nacional, cargos que lo convirtieron en una de las figuras más influyentes del país. Hoy enfrenta procesos judiciales derivados de presuntos excesos en el ejercicio de sus funciones. Lo que en su momento fue respaldo político y adulación se transformó en silencio y distancia, revelando la fragilidad de un apoyo que parecía inquebrantable.
En Venezuela, Nicolás Maduro representa un caso semejante. Su permanencia en el poder se sostiene principalmente en el control de las instituciones y de las fuerzas armadas, más que en una legitimidad social efectiva. Sin embargo, transcurre en medio de una crisis económica devastadora, un éxodo masivo de ciudadanos y un permanente escrutinio internacional. Actualmente enfrenta acusaciones formales por parte de la justicia estadounidense, que le imputa graves delitos vinculados a presuntos abusos en el ejercicio del poder, lo que ha derivado en un creciente cerco político y militar en su contra.
Estos casos permiten reafirmar una lección histórica: el poder no es un trofeo eterno. Mientras se ejerce, abundan los elogios y las lealtades circunstanciales; cuando se pierde, prevalecen la justicia, la memoria y la verdad. Todo cargo es transitorio; lo único que perdura es la forma en que se gobernó.
La enseñanza es clara: el poder debe ejercerse con ética, responsabilidad y plena conciencia de sus límites. Los mandatos expiran, pero la justicia y la memoria colectiva permanecen.
José Vicente Ordóñez
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