Siempre he sostenido- y hoy lo reafirmo con más convencimiento que nunca – que, en un hogar, más allá de los hijos y los nietos que son la continuidad y “la indemnización de la vida”, la esposa es el sostén, el eje, la fuerza invisible y el corazón del matrimonio.
Se cuenta que un joven estudiante, inmerso en la preparación de un trabajo sobre la familia, llegó un día hasta la humilde casa de una pareja de ancianos, reconocidos por todos como ejemplo vivo de unión y ternura. Luego de ser recibido con la bondad propia de los años, el muchacho, con sincera curiosidad, miró al padre de familia y le preguntó:
– ¿Qué es lo que realmente sostiene una familia?
El anciano, sin pensarlo mucho y con voz serena y firme, respondió:
No son los bienes, ni siquiera los hijos y los nietos. Es la esposa: ella, solo ella es la que convierte los días en esperanza, los silencios en compañía y la rutina en melodía.
Y claro que tiene razón. En el corazón de la familia, la esposa es el motor afectivo y moral del hogar: – la que une, alienta, sostiene, comprende y ama sin pedir nada a cambio. Ella es la memoria del sacrificio, la voz que acaricia en los momentos difíciles y alegres. Ella es la flor que perfuma el camino y nos brinda ejemplo de conducta, de respeto, de renunciamientos y de amor.
Desde la filosofía, Aristóteles ya advertía que el bien común empieza en la familia, y la familia encuentra en la mujer- como esposa y compañera- su más firme cimiento. En ella confluyen la ética del cuidado, la fuerza de la resiliencia y la virtud de la entrega. Por eso, no es exagerado afirmar que la esposa representa el corazón del hogar.
De ahí que los sistemas educativos no pueden limitarse a formar técnicos o profesionales: tienen también el deber moral y legal de enseñar a la juventud a reconocer, valorar y honrar a la mujer en su rol de esposa, madre y compañera. Porque si el amor es el origen de la familia, la esposa es la forma más viva y luminosa de ese amor.
Un autor no identifica dijo con sabiduría: “Un hogar sin esposa es como un corazón sin latido”.
Así lo pienso.
Jaime A. Guzmán R.
jaimeantonio07@hotmail.es