Como transeúnte taciturno en el recorrido espacial alrededor de su órbita elíptica, han transcurrido 365 días de un año lleno de aprendizajes, entre la certidumbre y vacilación frente a los efectos colaterales de una pandemia mundial. Hoy que se escriben las últimas páginas de 2021, antes de cerrar este libro lleno de lecciones, experiencias, alegrías y tristezas, constituye el momento ideal para recapitular lo que dejamos o perdimos, lo que somos y la huella que plantaremos para quienes vendrán posteriormente a nosotros, enfocándonos siempre en objetivos claros. El mundo cambió y nos demostró que no vale más lo material que lo espiritual, y es que según los sabios antiguos, la materia proviene del espíritu y no al contrario, por tanto este desarrollo espiritual se logra practicando valores, reconociendo lo que somos, y, en esta condición de seres humanos con las limitaciones que puedan presentarse, es importante aceptar que también necesitamos de los demás, así como los demás pueden necesitar de nosotros. Por ello debemos eliminar aquellos complejos, aquellos estados mentales nocivos y cultivar mentes virtuosas y pacíficas que oxigenen el mundo, como si se tratara de un purificador que calme la ansiedad, alivie el nerviosismo, pero sobre todo nos llene de paz. A pocas horas de quemar el año viejo, invito a que repasemos nuestro libro del 2021 para distinguir los sucesos que nos han marcado, 365 experiencias vividas, que nos permitirán forjar un mejor futuro, donde prime la solidaridad, la resiliencia, la empatía, la bondad, la responsabilidad, el amor y la paz. Que las batallas o temores superados sean nuestro impulso y que nuestro positivismo se convierta en una cadena de buenas acciones con resultados positivos. ¡Feliz año nuevo!
Lucía Margarita Figueroa Robles
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