Muy temprano en cada hora que nos mostraba el horario de clases en el ‘Bernardo Valdivieso’, estaba allí con sus libros, su expresión oral y los movimientos escénicos del maestro, siempre listo para hablar de lo más sublime que tiene el ser humano: la palabra y sus múltiples composiciones. A la hora de su hora esa aula se convertía en la ciudad de los versos, que sabían a ternura, con un ligero tufo a romanticismo y a palabritas de enamorados juveniles.
Ya en la vida universitaria, nos arrimamos al amigo para que nos oriente en ‘El encuentro juvenil de poesía’ y estuvo siempre presto para darnos esos ánimos que todo maestro da a los discípulos, su inmensa biblioteca daba fe del conocimiento y la sapiencia de tan distinguido cuencano, en medio de los libros decía: «El lector sabrá encontrar su propia guarida y su propia banca para leer las páginas de los libros ilustrados y las páginas de su vida misma». El encuentro con el amigo siempre nos dejaba sumergidos en el encanto de la prosapia que revitaliza el deseo de leer y leer, hasta el último día de nuestra vida, en los libros veremos la vida y la muerte, el amor y el desinterés, la habilidad y la torpeza.
Hoy he leído una cartita dirigida a Luz María, su madre, buscando refugio en esas manos que le acariciaron la vez primera, tratando de recordar sus versos alegres cuando niño, sus advertencias cuando joven, el amigo, el escritor, el literato, el analista, piensa que está solo, y le digo que no, que siempre estarán sus amigos, sus libros, sus alumnos y, sobre todo, su fe inquebrantable de ver triunfar a todos. Querido maestro, que cada día de su existencia sea como el primer día de labores académicas, con energía positiva a seguir transitando por esta Loja que lo aprecia tanto, agradecida de su aporte y de su humanismo.
Luis Cuenca Medina