Estados Unidos e Israel han lanzado ataques militares contra Irán que ya dejan centenares de muertos. La guerra —que siempre trae dolor, destrucción y muerte— vuelve a mostrar su cara más brutal. Pero hay algo más que llama la atención: en distintos lugares del mundo hay sectores de la derecha y de la extrema derecha que celebran cada nuevo bombardeo como si fuera una victoria. Uno se pregunta qué es lo que realmente celebran: si la muerte de personas o el debilitamiento del derecho internacional.
El argumento que se repite para justificar estos ataques es la supuesta liberación de las mujeres iraníes de una tiranía teocrática. Dicho así, suena bien. Nadie puede defender una dictadura. Pero la realidad muestra otra cosa. En el primer día de los bombardeos asesinaron cerca de 170 niñas que asistían a clases en el colegio Shajare Tayebé, en la localidad de Minab, al sur de Irán. Niñas que simplemente estaban en la escuela cuando comenzaron a caer las bombas.
Después de las grandes tragedias del siglo XX —la Segunda Guerra Mundial, los atroces crímenes del nazismo o las bombas nucleares sobre Japón— el mundo entendió que no podía seguir resolviendo los conflictos de esa manera. Por eso se intentó establecer reglas básicas entre los países: respeto a los derechos humanos y límites al uso de la fuerza.
Durante décadas ese acuerdo, frágil pero necesario, ha servido para frenar los abusos del poder. La idea era sencilla: que ningún país pudiera imponer su voluntad por la fuerza sin responder ante la comunidad internacional.
Defender los derechos humanos significa rechazar las dictaduras. Pero también implica no guardar silencio frente a otras injusticias. No hay justificación para el genocidio palestino que Israel desarrolla en Gaza, ni para las redadas contra extranjeros impulsadas por el gobierno Trump. Cuando el derecho internacional se atropella, lo que está en riesgo es la frágil paz del mundo.
Ernesto Alvear Sarmiento
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