Ecuador ha retornado a su otrora condición, que creíamos en demasía superada, de ser el país de los apagones, con feriados eléctricos incluidos. Los cuenteros hablan del estiaje por aquí y allá, pero poco dicen de la ineptitud manifiesta. Ineptitud, por cierto, no solo en la prevención de un suceso de tal magnitud, sino en el manejo mismo de la denominada crisis energética, que al presidente le ha servido de excusa perfecta para declarar otro estado de excepción, para posicionar la idea del sabotaje y para suspender jornadas laborales. Para nadie es novedad que las empresas eléctricas se desviven publicitando un horario de racionamientos que casi nunca se cumple. Entonces viene el alboroto: instituciones públicas y privadas que deben suspender sus servicios de un momento a otro, hogares que se quedan con sus tareas a medias, retrasos y dilaciones, y negocios reportando grandes pérdidas económicas.
Ecuador es hoy, ante sus propios ojos y los del mundo, una caricatura vulgar, un meme de baja monta. Y un país que no avanza, que no logra resolver sus grandes y graves problemas, cada vez más acentuados. De ser una nación que exportaba energía, pasamos a importar, en su momento y, ahora, ni siquiera podemos producirla con suficiencia. Esta circunstancia, sumado al circo político y jurídico que todos los días se arma desde los más altos estamentos del Estado, son síntomas demasiado visibles de la politiquería anclada a un subdesarrollo metastásico que nos sigue condenando a la marginación y a las desigualdades históricas.
A esto hay que sumarle la improvisación gubernamental campante que no da tregua, y el incumplimiento de tantas ofertas que se hizo en campaña para un “nuevo Ecuador”. Expresión bonita, contagiosa, esperanzadora, por cierto, pero no ajustada a la realidad de hoy y al desempeño mismo del gobierno. Los apagones, el ego y el circo son, apenas, una muestra del viejo Ecuador, mientras se anuncia la contratación de barcos generadores de energía. Lo de siempre: unos pocos enriqueciéndose con la tragedia del ciudadano común.
José Luis Íñiguez G.
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