El cinismo en Loja ha alcanzado niveles nauseabundos cuando se disfraza de ética profesional y opera bajo el amparo de la administración pública. Hace pocos días, un hecho indignante desnudó la baja catadura moral de ciertos elementos en las dependencias de salud de la clínica del Municipio de Loja; quede claro que no a todos los puedo colocar en el mismo costal.
Una paciente acudió a la clínica municipal esperando encontrar el amparo técnico y la calidad de una institución sostenida con los impuestos de todos los lojanos; lo que encontró, en su lugar, fue a un vulgar tramitador con estetoscopio.
Este médico, claramente identificado, con un descaro que raya en lo delictivo, le advirtió a la paciente que para “atenderla mejor” debía ir a su consultorio privado, en un hospital particular muy reconocido en Loja. La justificación del burócrata fue una infamia, afirmando que en la clínica “no se ofrecen las garantías necesarias” para una buena atención. Para el colmo de la miseria humana, remató preguntándole si “estaba en condiciones de pagar” para tener una buena atención.
El servidor en mención asegura un sueldo mensual con el erario público, despreciando a la misma ciudadanía que le paga. Para este pésimo funcionario, la salud municipal no es un espacio de servicio; es una vitrina de captación gratuita de clientes para engordar su billetera particular a costa del dolor ajeno. Sin duda, la “viveza criolla” convertida en extorsión moral. Estos funcionarios decadentes que sabotean la imagen de la institución que les ofrece un sueldo por sus servicios profesionales deben ser sancionados drásticamente.
Este tipo de práctica perversa destruye sistemáticamente la gestión del Municipio. Si la clínica municipal “no tiene garantías”, debería renunciar inmediatamente por decencia; pero prefiere el parasitismo estatal del dinero asegurado. Es necesario que la autoridad competente audite de forma urgente este tipo de hechos y se expulse a estos elementos. La salud del pueblo se respeta. Si la vocación le quedó chica y la ambición grande, debe dejar el puesto a un profesional digno, que aún crea en los principios hipocráticos de justicia.
Pablo Ortiz Muñoz
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