El dilema de Alci Acosta

Al atardecer de un martes cualquiera un transeúnte desprevenido puede escuchar, entre vapores aguardentosos, saliendo del balcón de la cantina del barrio, unos acordes y unas palabras que irremediablemente le devuelven su ser latinoamericano y reafirman una identidad que parecía perdida o al menos silenciada por el diluvio incesante de la televisión y las redes sociales.

Alci Acosta, con su piano y con su tono tan particular, recrea “El preso número 9” y vuelve a la vida la historia del rencor de un hombre engañado que desea la muerte para poder perseguir, en la desconocida eternidad, a la esposa y al amigo que le fueron infieles en este mundo material. Resulta estremecedora la sola idea de que pueda existir un odio de este tipo y un afán de infringirse esta tortura. Pero, como bien sabemos, el ser humano, que es capaz de alcanzar las mayores cimas y los mayores abismos, encuentra un deleite especial en el sufrimiento.

La vida política constituye la mejor prueba de esta predilección por el eterno sufrir que aqueja al Ecuador y a muchos países del mundo. Cada cuatro años el elector, confiado, sereno, silbando una buena canción de la vieja rockola, acude al recinto electoral y deposita su voto por ese candidato que, por una característica cualquiera, su juventud, su riqueza, su capacidad publicitaria, ha sustraído la confianza popular. 

Al poco tiempo el salvador ungido vuelve a las prácticas de siempre y exige sacrificios, cinturones apretados, sumisión a la pobreza y renuncia a cualquier tipo de reclamo. Ofrece a cambio un futuro mejor que nunca llega y que permanece siempre como un horizonte dorado, tachonado de esas promesas que el prestidigitador muestra para deslumbrar a su audiencia.

Llegados a este punto la realidad importa poco. La obra pública no cuenta, los servicios básicos son innecesarios y predomina la voluntad de regocijarse en el sufrimiento, de persistir en la querida ilusión de un domingo de elecciones. Tal como el preso número 9 nuestro elector confiesa que no se arrepiente y enfrenta resignado la eternidad de tristezas y angustias que manan de Carondelet.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

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