Macará no es solo un punto en el mapa fronterizo: es un pulso verde que late entre dos países. Por sus campos corre el río que da nombre al cantón y que se desliza hasta Perú llevando consigo la historia de un pueblo fronterizo. Arrozales que ondean como banderas verdes y hatos de ganado bajo cielos azules hacen de Macará un santuario agrícola bendecido por la geografía y por la tenacidad de sus hombres y mujeres.
Entre el 21 y el 22 de septiembre, las calles se llenan de alegría para celebrar 123 años de cantonización. Desfiles cívicos, comparsas que retumban con bombo y marimba, ciclismo de altura, motocross que levanta nubes de polvo, son parte de la nutrida agenda en el marco de la fiesta de cantonización. El aroma del ceviche de río, del maní tostado y del dulce de leche se mezcla con el grito de “¡Viva Macará!” que retumba desde la plaza central hasta la frontera.
La magia macareña no está solo en sus paisajes: está en la gente. Campesinos que madrugan antes que el sol, artesanos que tallan recuerdos en madera y jóvenes que sueñan con formarse en universidades nacionales e internacionales y regresan para contribuir al desarrollo de su pueblo.
Macará es sinónimo de seguridad, de puertas abiertas y de manos callosas que se ofrecen al visitante antes que pida ayuda. Celebrar el 22 de septiembre es recordar que, hace 123 años, alguien decidió que este rincón valía la pena ser cantón y que hoy, más que nunca, vale la pena defenderlo a toda costa.
Por eso, este es un saludo fraterno a cada macareño que levanta la frente con orgullo. A las autoridades, a los gremios, a los maestros y a los estudiantes: la fiesta no es solo desfile y fuegos artificiales; es el momento de sellar filas y trabajar juntos por días mejores.
Que el grito de “¡Que viva Macará!” no se apague con las campanas del 22, sino que resuene cada mañana como promesa de futuro. Porque aquí, donde inicia y termina la Patria, la esperanza se siembra a cada amanecer.
César Sandoya Valdiviezo
cesarsandoya@hotmail.es