El centralismo, el olvido y el desgano de las autoridades mantienen cercada a la provincia de Loja. Nuestras vías de salida han colapsado en los cuatro puntos cardinales. Las posibilidades de desarrollo futuro se pueden computar en números rojos. Posiblemente seamos una de las pocas regiones del país que ha involucionado, que por arte de la zalamería y del temor, ha regresado a la situación económica y vial de hace cuarenta años.
Nuestros altos personajes políticos se encuentran hundidos en el vicio de la sumisión, en la costumbre sagrada de inclinar la cabeza y soportar resignadamente todos los abusos y todos los vejámenes siempre que vengan del poder central. Nuestra clase dirigencial, nuestros personajes ilustres, han perdido la capacidad olfativa, como suele suceder cuando alguien se sienta durante largo tiempo en sus propios excrementos.
Aceptamos callados y con sonrisas bobaliconas la práctica imposibilidad de tener carreteras transitables. Ratificamos con nuestro silencio la condición impuesta de provincia marginada del resto del país. Con graciosas venias damos pábulo a la creencia centralista que nos califica como apéndice indeseable en el mapa del Ecuador. Somos los cómplices mudos de la destrucción de todos los modestos atisbos de progreso que se habían alcanzado en las décadas recientes. Si fuera posible consumiríamos campos enteros de esas flores de loto que hacen olvidar la realidad. Todo con tal de seguir nuestra rutina de adulo a los ministros y funcionarios mediocres que asoman sus cabecitas vacías por nuestros lares.
Un clavo más sobre el ataúd de nuestro aislamiento se prepara con la finalización del subsidio al combustible aéreo y la probable alza de los pasajes hasta niveles que los tornen inasequibles. En esa eventualidad nuestra separación del mundo será completa y volveremos a convertirnos en el mítico país del olvido del que todos han oído hablar pero que nadie se atreve a visitar.
Carlos García Torres
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