Sobre el discernimiento

A cada paso que damos nos encontramos con el dolor, el sufrimiento, la pobreza, la injusticia, la violencia, la guerra. El escenario parece ser sacado de la Divina Comedia.

Parecería que, años atrás, el mundo era más bueno y menos complicado: el papá iba a la oficina, la mamá hacía el arreglo de la casa, los hijos iban a la escuela, el maestro enseñaba, el policía atrapaba al ladrón, los abogados defendían las causas justas, el presidente de la república hacía obras, se lo saludaba al alcalde y al rector del colegio, el domingo se asistía a misa, etc. Desde luego que, de vez en cuando, había un deudor que no quería pagar la deuda o el bravucón que amedrentaba a los compañeros o el juez que había dictado una sentencia injusta.

Ahora las cosas están más difíciles: las redes sociales nos invaden el cerebro y el tiempo; a los delincuentes se les ha llevado a que sean asambleístas; cualquier indocto llega a ser alcalde; cualquier mago de feria nos ilusiona para vendernos pastillas para la felicidad. En definitiva, no sabemos qué cosa es buena o qué cosa es mala. Porque hasta se ha inventado la idea de que lo bueno es relativo: cualquiera puede decir que algo es bueno porque a él le parece así y hay que acatar su opinión. El discernimiento, para estas personas, es un invento de quienes no tienen nada que hacer o que quieren asomar como sabios.

Pero si no sabemos discernir, lo lógico es que hagamos mal las cosas. Es imprescindible saber qué cosa es buena y qué cosa es mala, para hacer lo primero y evitar lo segundo. Jamás puede estar mal ser sincero, honesto, honrado, leal, veraz, respetuoso con todos, paciente, amable, pacificador, servicial, justo, etc.

¿Estamos en tiempos difíciles? ¡Justo ahí es donde el que sabe discernir puede florecer en medio de un campo desolador!

Carlos Enrique Correa Jaramillo

cecorrea4@gmail.com

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