
El último proceso electoral evidencia numéricamente un país polarizado por tendencias ideológicas, aunque unido por las mismas necesidades. Estas diferencias políticas deben quedar atrás para priorizar las demandas sociales que urgen de atención por quién hoy ya es el presidente electo del país.
Su accionar no tendrá como espectador solo a sus simpatizantes, sino el de todos los ecuatorianos, quienes aspiran vivir en un país con mayores oportunidades en el ámbito laboral, con acceso a la universidad pública, con menores índices de inseguridad para poder caminar libremente por las calles adueñadas por la delincuencia y sumisa ante el narcotráfico.
No se puede exigir un cambio radical en un tiempo de gobierno tan corto, pero si el inicio del recorrido que se direccione a la recompensación de un país, que requiere ser gobernado por un presidente que una a los ecuatorianos y extirpe el cáncer de la sociedad, llamado corrupción. Esos cometidos serán alcanzables siempre y cuando se rodee de un equipo técnico que domine las áreas en las que participarán y no de improvisados que buscarán solo llegar a deslumbrarse del poder. La estructura orgánica de su movimiento y por ende las decisiones de su gobierno serán decisivas en el futuro incierto de un país, que en un par de meses deberá volver a las urnas a definir probablemente sobre la misma dicotomía ideológica, pero semejante con sus necesidades.
Carlos Andrés Orellana Jimbo
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