La longevidad alargada

La constatación de nuestra finitud nos ha llevado a los seres humanos a que, a través de toda nuestra historia, anhelemos con ansia aplacar la sed de infinito. No hay pueblo o sociedad por antiguo que sea, que no haya buscado las fuentes de la eterna juventud. Y llegan hasta nosotros leyendas y mitos, antiguos y modernos, que nos ilusionan por breve tiempo y luego nos quedamos otra vez expuestos a la desaforada perversidad de los ácidos, como dice el poeta cuencano Efraín Jara Idrovo respecto de la muerte.

Y hacemos todo lo posible para vivir más y más tiempo. Ya sea con disciplina propia: mediante una dieta sana; haciendo ejercicio físico; investigando en el laboratorio; ejercitando la virtud de la templanza; llevando una vida sobria; etc. Ya sea por la vía más fácil pero menos segura: tomando píldoras para bajar de peso; sometiéndonos a operaciones quirúrgicas para adelgazar o a tratamientos criogénicos para ser “despertados” en una época futura; bebiendo pócimas para conservar la juventud; tomando vitaminas que nos garantizan, con engaños, restituirnos nuestras debilitadas fuerzas; etc. Hay una tendencia a no querer envejecer.

Paralelamente, se rechaza a las personas mayores: nos estorban, son inútiles; ya no aportan a la economía, no sirven ya para el trabajo, se gasta mucho en sus medicinas y en hospitales y clínicas, se les aplica la eutanasia…

En este punto transcribo lo que dice el sitio web Con Participación, y del que he tomado algunas ideas: “…en el transhumanismo el sufrimiento es un aspecto no deseado de la condición humana, y por tanto, plantea que debería eliminarse de la vida humana con el avance tecnológico, médico y científico. Ante esto es importante comprender que el sufrimiento es parte esencial de la vida y que nos ayuda a madurar y a crecer”.

Carlos Enrique Correa Jaramillo

cecorrea4@gmail.com