El sicariato

Se ha vuelto común en nuestros días escuchar por los medios de comunicación sobre el asesinato de nuestros compatriotas en manos de sicarios, empero este tipo de delitos siempre estuvieron presentes, de allí que el término proviene del latín “sica” que los romanos denominaron a un puñal, daga o espada corta curva que, por su reducido tamaño, resultaba fácil de esconder en los pliegues de la toga o bajo la capa.

Esa particularidad permitía al asesino acercarse lo suficiente a su víctima sin ser detectado para apuñalarlo por sorpresa y se utilizaba para dar muerte a enemigos políticos. Hoy, en cambio, lo más usual es la pistola o revólver, para ejecutar por pago, venganza u obedeciendo órdenes de organizaciones criminales, ubicándonos en un nivel de inseguridad, porque nadie está libre, lo cual obligó al presidente Lasso a decretar el estado de excepción en todo el territorio nacional.

Entonces, los militares salieron de sus cuarteles para combinarse con la Policía Nacional y patrullar calles y plazas, durante 60 días, ante la oleada de incontrolable violencia, que vivimos diariamente.

Los ecuatorianos tenemos la absoluta certeza que esto no se resuelve con estados de excepción o con sacar a los militares de sus cuarteles, sino que el problema es más de fondo, tiene aristas alimentadas por la delincuencia, la pobreza y el narcotráfico, pues, según las últimas estadísticas, 5,2 millones de personas viven en la pobreza y pobreza extrema de una población de 17 millones.

Debemos actuar con mayor celeridad para evitar la descomposición total del país, empezando desde Carondelet a extrañar a los huéspedes «camaradas» de la revolución ciudadana que permanecen enquistados en el aparato estatal, desde donde se alienta la corrupción y la violencia.

Luis Muñoz Muñoz