No dudaríamos de que está mal de la cabeza si alguien afirmara que una familia puede gastar, en forma sostenida, más de lo que recibe como ingresos; que no hay problema en endeudarse sin límite; que para la chulla vida que tenemos no debemos preocuparnos por esas «minucias». Lo que resulta absurdo para la economía familiar, no es visto así por varios «iluminados» a la hora de examinar las cuentas fiscales y el financiamiento de la actividad estatal.
Es común escuchar a ciertas catarnicas de la izquierda jurásica que el gasto público es necesario porque así se elimina la pobreza y hasta se reactiva la economía; que, inclusive, los Estados más ricos del mundo se endeudan; que exageran quienes satanizan el «déficit fiscal»; y, que el equilibrio de las cuentas públicas es propio del neoliberalismo y de los obsecuentes cumplidores de las recetas del Fondo Monetario Internacional.
El papel que le corresponde al Estado en la sociedad y los niveles óptimos del gasto público son materia de un debate que dura varios siglos; sin embargo, cada vez son más los defensores de la necesidad de lograr un equilibrio entre los gastos e ingresos públicos, independientemente del proyecto político de quienes administran temporalmente el Estado. El Ecuador tiene un déficit fiscal estructural (permanente) y las autoridades están obligadas a buscar el equilibrio fiscal si su afán es reactivar la economía, incrementar el empleo y disminuir la pobreza.
Gustavo Ortiz Hidalgo
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