Si me preguntan mil veces si me iría del país en busca de oportunidades, responderé mil veces que no.
He tenido la oportunidad de irme, de cruzar océanos y vivir experiencias que muchos solo sueñan. Pero no lo hice. No fue por miedo, ni por falta de opciones. Fue por algo que trasciende las palabras y se siente en el alma: una mezcla indisoluble de amor profundo, de dolor punzante y de un compromiso inquebrantable con esta tierra que me vio nacer y crecer.
Me duele Ecuador, sí. Me duele en lo más hondo ver cómo tantos se rinden, cómo la desesperanza se asienta, cómo el egoísmo le gana la batalla al bien común. Duele observar cómo hoy muchos progresan pisoteando a los demás, cómo se desvaloriza el esfuerzo y el conocimiento, en favor de la astucia. Pero es justamente por todo esto que me quedo.
Porque si todos se van, ¿quién se queda? ¿Quién asumirá el desafío de sembrar cuando el suelo parece árido? ¿Quién sostendrá el sueño de un país distinto, más justo?
No me quedo por resignación. Me quedo por rebeldía. Me niego a aceptar que este país esté condenado a perder siempre a quienes pueden transformarlo. Y porque sé que hay personas con menos oportunidades que yo, quienes también merecen un futuro digno aquí.
Sé que el camino no es fácil. Pero tengo la certeza de que algún día brillaremos más que el sol. No será por suerte, sino por la fuerza de nuestro amor y la firmeza de nuestra convicción.
Quedarme es mi forma de decir que no renuncio. Que, en medio de las contradicciones, sigo creyendo.
Yo me quedo. Porque amo profundamente este país. Y porque quiero luchar para que algún día valga la pena quedarse.
Víctor Antonio Peláez M.
victorantoniopelaez@gmail.com