Vilcabamba, amenazada

No basta con pregonar que Vilcabamba, aquel valle maravilloso enclavado entre historias y montañas, es la isla de la Longevidad. No basta con repetir tantas veces la verdad de que es un paraíso. Porque lo es. Pero en los últimos meses hemos visto que está siendo atrapado por los tentáculos de la delincuencia, lo cual es una seria amenaza para que siga siendo el referente mundial que es. Y cuando la delincuencia se instala e impera, es muy difícil que se retrotraiga. Más aún cuando la respuesta estatal es débil y tibia, pues solo el Estado, con todo su aparataje y como portador del monopolio legítimo de la violencia –del que nos habla Weber–, puede frenar un fenómeno tan complejo, y que lamentablemente hoy es generalizado en el Ecuador.

Varios casos de agresión y atentados en contra de los residentes de Vilcabamba, especialmente extranjeros, se han reportado. Inclusive ya existen casos de vacunadores que extorsionan u ofrecen seguridad a cambio de dinero. Aparte del peligro que esto significa para la vida y la dignidad humana, está el hecho de que la delincuencia frena abruptamente el turismo y las posibilidades de desarrollo de este pintoresco rincón. Según algunas noticias, ha disminuido notablemente la presencia de turistas en estos últimos tiempos, y hay una sensación constante de peligro. La pregunta, entonces, es qué están haciendo las autoridades competentes para evitar que la delincuencia llegue a ser ley. Los directivos parroquiales deben exigir con firmeza y sin ambages respuestas contundentes por parte del gobierno nacional, en colaboración con el gobierno cantonal. Y se trata de una tarea urgente, a la que debe asignársele los recursos necesarios y emergentes. Es imperativo, entonces, diagnosticar la situación real e implementar una solución efectiva que permita recuperar la tan anhelada paz y tranquilidad por las que siempre se la distinguió a esta parroquia. De lo contrario llegará el día en que pierda su brillo y se la condene al fango del olvido. Los ciudadanos tampoco deberíamos permitirlo. 

José Luis Íñiguez G.

joseluisigloja@hotmail.com

  

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