Vacuidad y gatopardismo

Vaciar de contenido a la política, implica entre otras cosas, hablar de todo menos de lo importante: poner en la agenda la moda y no la pobreza, por ejemplo, o quedarse siempre en las formas y no en el fondo, que es otra forma de encender fuegos artificiales. Lejos de ser una cuestión arbitraria, es una estratagema de quienes aspiran al gatopardismo: cambiar todo para que nadie cambie.

Las fachadas esconden lo que hay al interior, y proyectan una imagen distinta de lo que hay dentro. Todos estos escenarios nos recuerdan a lo que se leía en los muros quiteños luego del grito de independencia: último día del despotismo, y primero de lo mismo. Ya hablamos de los zapatos rojos y de los zapatos grandes, de los vestidos y las carteras, pero poco, muy poco de los planes, de las ideas, de las propuestas para salir de la larga condena de la violencia, la pobreza, la caridad, y la injusticia.

Relegamos lo importante por hablar de lo superficial. Los sentidos han ido girando de manera imperceptible —por ser persistente en el tiempo— hacia lo espectacular y farandulesco. Nuestra subjetividad moderna es también víctima de esa empresa: moldearon la forma de pensar, de tal manera, que la sensatez —ya no digamos la reflexión o la crítica, el pensamiento o el análisis— no forma parte del escenario público, porque hoy se engaña por todos los medios, sin desparpajo, hasta llegar a lo ridículo en nombre de la manipulación.

Este es un problema de todos, y nadie escapa de la culpa: ni las familias, ni las escuelas, ni las universidades, ni las organizaciones de base, los partidos políticos, etc.

Pablo Vivanco Ordóñez

pablojvivanco@gmail.com

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