
Desde hace tiempo que Loja dejó de ser una urbe modelo, cuyo dinamismo, en su momento, la proyectó como una ciudad intermedia interesante, que poseía iniciativa y voz propia, capaz de proponer, influir y provocar cambios positivos en el resto del municipalismo ecuatoriano. Hablamos de avances significativos alcanzados en cuanto a la dotación de servicios básicos, modernización de mercados, ordenamiento del espacio público, fomento del arte y la cultura, robustecimiento de los valores cívicos de la población, así como el fortalecimiento de la actividad turística, defensa del medioambiente, protección de las áreas verdes y dotación de infraestructura deportiva, incluida las decenas de kilómetros de senderos y ciclovías, esto último en sintonía con una idea de crecimiento y desarrollo basado en el respeto de la naturaleza y la introducción de un estilo de vida saludable en la gente.
Y es que Loja crecía a buen ritmo y de manera planificada. No obstante, el canibalismo político y la improvisación en estos últimos años han pasado una fuerte factura al vecindario, dejando a esta ciudad sin brillo, falta de ideas y de decisión para dar los pasos en la dirección correcta hacia el progreso. Lamentablemente, tenemos a un ayuntamiento y clase política envuelta en discusiones bizantinas y hasta aldeanas. Parecería, por la manera limitada del debate, que el mundo termina en los linderos del Villonaco.
Es necesario que el pueblo despierte y exija con firmeza a sus autoridades, entre otras, al alcalde y su cabildo, trabajar en función del bien común, lo cual exige una mayor cuota de sacrificio y de calidad, desprendiéndose de criterios cortoplacistas. Hay que profundizar en esa condición propia de los lojanos, caracterizados por una capacidad única para transformar los problemas en una oportunidad para avanzar…
Giovanni Carrión Cevallos
@giovannicarrion