Cuando llego a casa, la gran mayoría me espera celosamente en la biblioteca, poblando los estantes, mientras algunos están desperdigados sobre el escritorio. Muchos de ellos, en posición vertical, sostienen a otros de su especie que necesariamente deben ubicarse en posición horizontal. Porque ya no caben todos, falta espacio y la tasa de natalidad no parecería que va a disminuir con el paso del tiempo. Al contrario. Unos incluso, producto del ancho fondo de la estantería, hacen doble fila. Otros aguardan en la parte inferior de una mesa de cristal que tiene como regente a la figura de don Quijote en tres versiones: dos de ellas mientras lee “de claro en claro y de turbio en turbio”, y otra mientras monta a Rocinante en pro de sus aventuras.
Cuando me predispongo a trabajar y quedo de espaldas hacia la mayoría de ellos, siento que me vigilan inquisitivamente. Pero al mismo tiempo, que me acompañan, que me promueven, que me incitan. Porque si preparo un texto, como este por ejemplo, solo regresarlos a mirar ya me lleva a una especie inusitada de deslumbramiento. Imagínense descubrirlos luego de practicarles la clásica incisión. Me deleito y me complazco, pero también me inquieto, me desconcierto. Lo curioso es que sé dónde está cada uno sin necesidad de hacer un repaso previo. No sé si se deba a mi memoria gráfica o a un estado de enamoramiento ciego. Incluso, muchas de las veces a través de una llamada o de un mensaje he instruido a mi madre, siempre generosa, para que ubique alguno y me envíe una foto o me dicte algún dato que necesito con urgencia.
Cuando entro al parnaso lo primero que hago es mirarlos, como si se tratase de una salutación reverente. Inmediatamente, de haberlos, poso a los nuevos huéspedes sobre el escritorio hasta, más tarde, buscarles su espacio. De manera aventurada tomo uno de ellos, abro una página aleatoriamente y me encuentro con fragmentos como este: “Cuando estoy convencido de algo, lo pongo inmediatamente en práctica. Ya he redactado, en mi cabeza, una carta, y me urge escribirla. Procúreme un correo a caballo que pueda despachar esta misma noche”. Así como el Conde en “Las afinidades electivas”, de Goethe, yo también me he convencido, lo he puesto en práctica y, luego de redactar este editorial en mi cabeza, lo he escrito para que sea despachado… Hermoso y sustancioso ritual este de la dialéctica entre los libros y este sencillo lector.
José Luis Íñiguez Granda
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