Despertarte a las tres de la mañana, arreglarte raudamente y embarcarte, en la Terminal, media hora después, en una furgoneta que viene de Cuenca realizando un tour con destino a Mangahurco, es el inicio de una aventura cuyo éxtasis supremo, sería observar el florecimiento de los guayacanes.
El domingo 18 de enero, viajamos diez personas, aparte de la tripulación, cuatro éramos lojanos; el trayecto, largo, sinuoso y peligroso por el mal estado de las vías. Pasamos por varios cantones cuyos habitantes dormían el plácido sueño de la madrugada, para llegar, luego de unas cuatro horas a Pindal. Hasta allí la vía es asfaltada, denotando permanentes deterioros, por culpa de inviernos mal curados que dejaron sus huellas, sin que autoridad alguna se preocupe por su mantenimiento. Luego, en vía de tierra, unas dos horas más de viaje, con desayuno incluido (se come lo que buenamente ofrece el agro) mientras un ardiente sol y sofocante calor nos pone a sudar. Desde Paletillas ya se empieza a observar el milagro de la naturaleza: árboles secos de guayacán que, con las primeras lluvias, mágicamente, despiertan a la vida, ofreciendo un paisaje de otro mundo.
Aproximadamente a las once llegamos a nuestro destino: amplias explanadas de terreno cubiertas de oro puro; nos encontrábamos muy cerca de Mangahurco, parroquia del cantón Zapotillo. Cientos de personas habían detenido la marcha de sus vehículos para recorrer, caminando, varios espacios en donde el color amarillo de los guayacanes, fenómeno único en la región, nos regala una vista que, difícilmente, olvidaremos: árboles pequeños, medianos y grandes, cubiertos de frescas flores, mientras los visitantes, nos deleitábamos contemplando esta obra del paraíso y las cámaras disparaban para captar las mejores imágenes.
Y la naturaleza también mueve el comercio porque había caballos para recorridos, escaleras para llegar al cielo, recuerdos muy llamativos y ventas de líquidos y comida. Más tarde un buen almuerzo en Mangahurco, que estaba de fiesta con ferias de artesanías; y, luego, el largo retorno que, por el congestionamiento vehicular y el mal estado de las vías nos demoró hasta la medianoche. Quedan en nuestra memoria las hermosas imágenes de los guayacanes en flor y la conclusión de que realmente fue un viaje que valió la pena.
Darío Granda Astudillo
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