El Ecuador votó no en las cuatro preguntas planteadas en la consulta popular, el rechazo supera al apoyo en todos los frentes, la propuesta sobre la presencia de bases militares fue rechazada con claridad, mientras que la opción a favor quedó claramente por detrás.
La iniciativa relacionada con el financiamiento a los partidos políticos también fue negada por una mayoría sólida, y el respaldo que obtuvo la alternativa afirmativa resultó notoriamente menor.
La reducción del número de asambleístas corrió la misma suerte, la votación contraria superó a la favorable, dejando sin posibilidad de aprobación a esta reforma legislativa y la propuesta más delicada la convocatoria a una Asamblea Constituyente terminó igualmente con un rechazo contundente, mientras la opción del sí alcanzó solo una fracción menor del apoyo ciudadano.
En conjunto, las cifras del escrutinio reflejan un escenario uniforme, las cuatro preguntas fueron negadas, y lo fueron por márgenes amplios en todos los casos.
El gobierno intentó convertir esta consulta en un plebiscito a su favor, pero la estrategia no funcionó; quizás las narrativas sobre seguridad, los discursos de urgencia y la insistencia en presentar a la Constitución vigente como camisa de fuerza no lograron instalarse en la ciudadanía; el electorado compareció a las urnas con un ánimo que parece mezclar cansancio, escepticismo y memoria histórica reciente.
La derrota no es únicamente un revés político, es, sobre todo, una señal de límites; la población percibió improvisación, falta de claridad en las propuestas y un uso recurrente del antagonismo como herramienta de gobierno, cuando el relato oficial se distancia de la experiencia cotidiana la inseguridad creciente, la economía frágil, la desconfianza institucional la narrativa se rompe. El voto lo confirmó.
Pero reducir este resultado a un castigo al Ejecutivo sería incompleto; también expresa algo más profundo, la ciudadanía no está dispuesta a entregar cheques en blanco. El país ha aprendido, a veces a golpes, que modificar reglas del juego político sin consensos amplios suele abrir la puerta a riesgos mayores que los problemas que intenta resolver.
Lo que queda ahora es un país que exige moderación, diálogo y eficacia; no más épica, no más enemigos imaginarios, el mensaje es simple, y por eso es tan contundente, el Ecuador quiere soluciones, no saltos al vacío.
Si el gobierno escucha, aún tiene tiempo para corregir. Si no, la fractura puede convertirse en grieta.
Manuel Uchuary
manuel.uchuary@unl.edu.ec