La hora de la libertad

De tiempo en tiempo resuenan las campanadas del reloj de la historia. Cuando el pueblo escucha este llamado los ecos se prolongan durante siglos. Los sistemas políticos caen, las élites se repliegan, y surge, para bien o para mal, una nueva sociedad. En las primeras décadas del siglo XIX las figuras extraordinarias que crearon la Revolución Francesa dejaron el escenario a un solo protagonista: Napoleón. El gran Imperio Español, debilitado y enfermo se encontraba bajo el poder de los franceses. Las ideas revolucionarias, sin embargo, se mantenían latentes en los pueblos que hoy constituyen el Ecuador. Poco a poco se organizaron juntas patrióticas, inicialmente con la idea de combatir al invasor francés, pero, en el fondo, con el anhelo compartido de alcanzar la libertad. Esta idea de libertad no tenía en aquellos tiempos solamente connotaciones idealistas y etéreas, por el contrario, buscaba reivindicaciones prácticas que afirmaran la identidad política y las posibilidades económicas de los pueblos americanos.

Se encendió la chispa y tras muchos avatares la hoguera alcanzó este último rincón del mundo el 18 de noviembre de 1820. Los nombres de las mujeres y los hombres que hicieron posible este valeroso pronunciamiento están impresos en calles desvencijadas, en escuelas, en centros de formación, en el recuerdo borroso de una lección aprendida en una mañana soñolienta. En cambio, el espíritu de ese momento histórico regresa de vez en cuando, despierta nuestra modorra y nuestra indiferencia, trae luz a nuestros entendimientos y nos permite comprender la importancia y la necesidad de liberarnos de los nuevos amos que nos oprimen. De yugos mucho peores que los políticos y económicos. Cadenas que no solo oprimen físicamente sino intelectualmente, estructuras de dominación que guían nuestro pensamiento por sendas de sumisión. Los dispositivos electrónicos son los agentes que construyen y vigilan estas estructuras. Van con nosotros a todas partes, se disfrazan de amigos, nos brindan información, guían nuestras opiniones y nuestros gustos, crean una realidad alterna de colonización y, por desgracia, no tenemos próceres que nos salven y nos devuelvan nuestra libertad.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

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