La histórica disputa entre Palestina e Israel se intensificó desde este 10 de mayo con niveles de violencia no vistos desde el 2014, con un saldo hasta el momento de alrededor 200 víctimas, muchos de ellos civiles y niños. Por la intensidad del conflicto se esperan pocas posibilidades a corto plazo de alcanzar un alto al fuego, pese al llamamiento de la comunidad internacional para que se detengan las hostilidades y violencia por parte de Hamás y los bombardeos de la aviación y artillería del ejército israelí sobre la franja de Gaza, las posiciones son cada vez más rígidas y radicales entre las partes. Egipto, EEUU, Jordania, Qatar o Naciones Unidas han intentado mediar, sin hasta el momento llegar a concretar un acuerdo.
Según medios internacionales, Israel aprovecha el momento de tensión para debilitar operacionalmente a las brigadas Ezzedin al Qassam (brazo armando Hamás) y las brigadas Al Quds (Yihad Islámica) destruyendo sus túneles de abasto, bases y milicias. Por otro lado, la tensión en la región se intensifica quedando en suspenso la relación entre los estados árabes e Israel, después de los celebrados acuerdos de Abraham entre Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán formalizando sus relaciones diplomáticas y de cooperación en distintas ramas con el Estado hebreo, después de años de fricciones. Sin embargo, el asalto de la policía Israelí a la mezquita de Al-Aqsa y el apoyo histórico de estos países a la causa palestina pueden intensificar las tensiones entre árabes y hebreos, recordando que Jerusalén después de la Meca y Medina, es considerada por los musulmanes y árabes como el tercer lugar más sagrado del islam.
La diplomacia y los buenos oficios parecen insuficientes, cuando las profundas diferencias entre palestinos e israelíes y sus consecuencias para la región ponen nuevamente en vilo al mundo.
Santiago Pérez Samaniego
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