En estos días entró a la palestra pública un nuevo debate sobre la eliminación del examen de ingreso para las universidades públicas; hay argumentos por doquier a favor y en contra. De un lado afirman que se debe eliminar el examen dado que es un obstáculo para que los jóvenes ingresen a las universidades; además sostienen que la eliminación del examen “permitirá a los nuevos bachilleres tener la libertad de elegir una carrera según su vocación”. Por otra parte, los partidarios del examen sostienen que la evaluación permite “incrementar la calidad” de la educación superior al escoger a los “mejor puntuados” para que sean “libres de elegir una carrera según su vocación”. Estas argucias contradictorias (que no contrarias) nos hacen reflexionar junto con E. Mounier lo siguiente: “Hay a la vez entre nosotros como una fuerza y como una inercia que hace que no estemos satisfechos más que con la violencia de los extremos, y que, cuando los extremos no nos son dados, disloquemos la realidad compleja que se ofrece a nosotros en dos abstracciones excesivas y tiránicas, y luego por culpa de esos fantasmas nos gastemos en luchas estériles. La mayor parte de nuestros errores y de nuestras exageraciones vienen porque erigimos ilegítimamente los contrarios en contradictorios.” Para solucionar este dilema del examen de marras los dos grupos no se han percatado que sus afirmaciones contrarias pueden ser falsas, y de hecho lo son. Busquemos la verdad que está en los matices y finura del justo medio; hay que implementar modelos de educación superior que permita la nivelación y el acceso a la universidad a todas las personas que lo requieran, ergo, potenciar la enseñanza en modalidad a distancia y en línea sería un buen camino. No es difícil.