Me tienen harto. Y sospecho que a usted también. Me refiero a esa manía enfermiza de convertir la política en un partido de fútbol de tercera división, donde la única neurona que funciona es la que grita «¡los míos buenos, los tuyos malos!». Es un espectáculo patético de narcisismo colectivo.
De un lado y del otro se han montado un chiringuito moral inexpugnable. Si eres de mi tribu, eres un santo, un iluminado, la reserva moral de la patria. Si opinas distinto, eres escoria, un traidor, la causa de todas las plagas de Egipto. ¡Qué pereza mental, por Dios! Se han vuelto adictos a tener la razón, aunque la realidad les estalle en la cara.
Es la ley del mínimo esfuerzo intelectual: para qué voy a tratar de entender la complejidad del mundo si puedo etiquetarte de «facho» o «mamerto» y sentirme superior mientras me tomo el café. Se creen dueños de la verdad absoluta, pero actúan como zombis ideológicos que repiten consignas como loros amaestrados.
Y lo que más rabia da es que, mientras ustedes se pelean por ver quién es el más puro del reino, el país se nos va al carajo. Aquí no se arregla nada porque el objetivo no es solucionar problemas, es aniquilar al «enemigo». Esa soberbia con la que nos miran desde sus pedestales es la gasolina que incendia la sociedad.
A ver si se enteran: su fanatismo nos tiene estancados. No son héroes de ninguna película; son parte del problema. Bájense de esa nube de superioridad moral, que la calle está llena de baches y la gente real ya no les compra el cuento de hadas.
Victoriano Suárez Álvarez
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