El primero de mayo en el Ecuador inició por la movilización de gremios y organizaciones de trabajadores que promovieron una jornada laboral de ocho horas. Garantía mínima para una vida digna. Esa conquista que costó sangre y vidas, es un derecho que incluso hoy, ha querido desestabilizarse por gobiernos neoliberales que procuran ampliar las ganancias disminuyendo salarios y ampliando las horas de trabajo. Es decir, precarizando al trabajador y degradando sus condiciones de vida.
Desde las primeras gestas del movimiento obrero ecuatoriano, que pueden rastrearse desde finales de mil ochocientos, se disputan horas de trabajo, horas de descanso y salario mínimo. Los derechos que hoy gozan las y los trabajadores de este país, fueron labrados en las calles, y jamás fueron concesiones de la clase política.
Los sentidos de la historia también se manipulan o se silencian. Nuestro pasado es un hacer y rehacer de las y los trabajadores, que lo forjaron con su mano de obra, con su intelecto, con su cuidado, y con el soporte vital de los cuerpos y la vida. El desprecio elitista sobre las clases trabajadoras se normaliza, y siembra los principios de autonomía y competencia, como si nuestra existencia no necesitara de la cooperación y generosidad del contacto con otros seres humanos para seguir existiendo. Se demoniza la clase obrera, cuando sin ella nada de lo que tenemos hubiese sido posible.
El mundo de la vorágine capitalista necesita de contrapesos. Frente a eso cabe el mensaje de A. Gramsci: “Instrúyanse, porque necesitamos toda nuestra inteligencia. Conmuévanse, porque necesitamos todo nuestro entusiasmo. Organícense, porque necesitamos de toda nuestra fuerza”.
Pablo Vivanco Ordóñez
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