En los tiempos de las redes informáticas la sociedad se ahoga en el agua de sabiduría que brota abundante de todos los rincones de “twitter” y de todas las ventanas de “Facebook”. Con soberbia digna de un emperador romano se expiden opiniones terminantes sobre las vidas y los destinos de las personas privadas de la libertad. Se reclama con acentos dramáticos (aunque frecuentemente sin acentos ortográficos) el endurecimiento de las penas. Se exige un lavado de fuego y ceniza en las cárceles. Se despotrica en contra de los Derechos Humanos y se duda, inclusive, de la calidad humana de los presos. Al tiempo, desde los sectores políticos y periodísticos se vuelve al proverbial rascado de la superficie ofreciendo soluciones perentorias que son fruto de la cuidadosa meditación de Perogrullo.
Se olvida que, entre la gran población carcelaria del Ecuador, pocos son los criminales irredentos y son menos aún los que están relacionados con las grandes mafias internacionales. La mayoría de los privados de la libertad se encuentran allí purgando la mayor falta que se puede cometer en el Ecuador, ser pobre.
El ser humano que está signado con el burocrático acrónimo de PPL entra en un mundo de horrores que no es sino el extracto puro de la corrupción del mundo exterior. Ha pasado por un sistema de administración de justicia siempre empeñado en perfeccionar su torpeza. Carece de los medios económicos que le permitirían ser como aquellos delincuentes de primera clase que gozan de privilegios carcelarios o del directo privilegio de una declaración de inocencia, en fin, es la víctima propiciatoria que permite que nuevamente se oculte que el gran criminal, el mayor asesino, el peor delincuente brutal es la desigualdad social.
Carlos García Torres
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