Cuando vemos la singular figura del cerro cercano, los colores intensos, diversos, del paisaje en el que se nace o vive y los conjugamos con tradiciones y cultura comunes, estamos hablando de patria. Su dignidad, no está en sus símbolos que, ciertamente, son sagrados, sino en su gente. Una nación es digna cuando sus ciudadanos viven con decoro.
Si el transcurrir de los días está lleno de angustia, pobreza, violencia, hambre y deseos de emigrar, entonces, a esas personas, el Estado les habrá robado su condición humana. Para recuperarla tendrán que dejar atrás sus querencias.
Los semáforos de las ciudades latinoamericanas se han llenado de hombres que fueron expulsados de su terruño. La nación que los desarraigó no puede llamarse digna. Ver a sus hijos en condiciones de mendicidad, a sus niños famélicos y al borde de la desnutrición, no es decoroso.
Tampoco es honesto aplaudir y convertirse en corifeos de los responsables del desastre. Cuán dolidos deben sentirse los venezolanos al ver que, políticos ecuatorianos, hablan, desde Caracas, de patria y dignidad, mientras ellos son forzados a pedir monedas en la calle y a tener a su familia a la intemperie hasta altas horas de la noche.
El deseo de poder debe tener límites. Buscar apoyo en tiranos de otras latitudes es reprochable. Acudir a lamer el suelo que pisa el ignaro, soberbio y espurio gobernante causante de la diáspora, es una ofensa para los latinoamericanos.