Hay escenas literarias que permanecen en la memoria no por su espectacularidad, sino por la sencillez con la que revelan la condición humana. A Gabriel García Márquez le bastó un jabón.
En “El amor en los tiempos del cólera” encontramos una que parecería insignificante. El doctor Juvenal Urbino le dice a Fermina Daza que lleva una semana bañándose sin jabón. Ella, contrariada, recuerda que el jabón se había terminado apenas tres días antes y que había olvidado reemplazarlo.
Una diferencia tan pequeña termina alejándolos: “no habían hecho mucho más que pastorear rencores”. Juvenal opta por dormir en otra cama y el silencio empieza a ocupar el lugar de las palabras. No porque faltara jabón, sino porque, como ocurre tantas veces, la necesidad de tener razón terminó siendo más fuerte que la necesidad de estar cerca.
Cada vez que vuelvo a ese capítulo, tengo la impresión de que Gabo nunca escribió realmente sobre un jabón. Escribió sobre esa extraña necesidad humana de tener razón, incluso cuando el precio puede ser demasiado alto.
De hecho, vivimos en una época donde tenerla parece convertirse en una victoria. Las redes sociales, las discusiones políticas e incluso las conversaciones familiares nos empujan constantemente a demostrar que estamos en lo correcto.
Quizá por eso esa escena sigue siendo tan vigente. Porque todos, alguna vez, hemos discutido por un jabón que nunca fue el verdadero problema. Y entonces llega una de las escenas que, lo confieso, la esperaba: Juvenal regresa a su habitación y antes de acostarse junto a Fermina, decide capitular al decirle: “Déjame aquí. Sí había jabón”.
Cada vez que la leo, siento que, antes que una rectificación, es una declaración de amor. Es la manera más elegante de decir: prefiero perder una discusión antes que perderte a ti.
Quizá esa sea la grandeza de Gabriel García Márquez: convertir un simple jabón en un espejo. Uno en el que descubrimos que las historias más profundas nunca hablan de los objetos, sino de las personas.
Gabo tiene ese don: hacernos creer que habla de una cosa, cuando en realidad lleva páginas enteras hablándonos de nosotros mismos. Al punto de convertir un jabón en una conversación sobre el amor, el orgullo y la fragilidad de los vínculos humanos.
Elegantemente, sin alzar la voz, nos recordó que las discusiones más intensas casi nunca nacen de aquello que pronunciamos, sino de aquello que callamos. Solo puedo pensar, entonces, en cuántas relaciones terminan por la acumulación de pequeñas razones que nadie quiso soltar.
Stefany Patiño Espinoza
@stefany_vale