Desde el momento de nacer empezamos a recibir palmadas que nos hacen llorar. Claro que después entendemos que esos golpes son beneficiosos porque nos ayudan a llevar oxígeno a nuestros pulmones. Pero así empieza nuestra vida: llorando.
Luego recibimos golpes de otro tipo: el insulto de alguien, la traición del amigo, la corrección injusta, la muerte de un ser querido…
¡Cuántas personas acuden al consultorio de un médico en busca de remedio para algún dolor, pero el médico descubre que no se trata de un dolor físico o psíquico, sino de un sufrimiento!
Pues no es lo mismo tener un dolor que tener un sufrimiento: hay personas que padecen enfermedades y dolores, sin embargo, no entran en el sufrimiento. Su estado de ánimo permanece imperturbable.
¿Cómo enfrentar el sufrimiento?
Casi siempre creemos que el sufrimiento proviene de fuera de nosotros. Pensamos que son las circunstancias las que nos llevan a sufrir. Sin embargo, todo depende de nuestro yo íntimo, de nuestra disposición interior. La felicidad no significa que nunca se tengan sucesos dolorosos y que siempre se esté alegre, sino que, frente a momentos de alegría o frente a situaciones dolorosas, el espíritu no se perturbe y pueda afrontar esos eventos con serenidad.
¿Tiene sentido el sufrimiento? ¿Necesitamos el sufrimiento para adquirir fortaleza?
Víctor Frankl, psiquiatra judío que sobrevivió al holocausto, nos dice que: “Cuando uno se enfrenta con un destino ineludible, inapelable e irrevocable (una enfermedad incurable, un cáncer terminal…), entonces la vida ofrece la oportunidad de realizar el valor supremo, de cumplir el sentido más profundo: aceptar el sufrimiento. El valor no reside en el sufrimiento en sí, sino en la actitud frente al sufrimiento, en nuestra actitud para soportar ese sufrimiento”.
Carlos Enrique Correa Jaramillo
cecorrea4@gmail.com