Bajo el trono del monarca los cortesanos se reúnen. Esperanzados y sonrientes aguardan dádivas y favores. Para confirmar su lealtad realizan amplias reverencias y barren el piso con las plumas de sus sombreros. Tanto inclinan sus otrora orgullosas cervices que pareciera imposible que puedan recuperar la posición vertical.
Tal era la sumisión ante el poder en los días de antaño. Por fortuna las ideas de la democracia postularon que todos los seres humanos gozamos de igualdad y de libertad, se proscribieron esos aspavientos y se instauraron la libre discusión y la crítica como los medios correctos para mejorar el desempeño de un gobierno. La prensa se convirtió entonces en el mejor aliado de la democracia, en el fustigador de los errores y las componendas, en el vigilante de la honradez pública. Los grandes capitanes de la información se complacieron en llamarse “el cuarto poder”. La independencia de los periodistas se consideraba un elemento indispensable para que las democracias liberales funcionaran y el respeto a la libertad de opinión pasó a ser la regla que medía las cualidades republicanas de los mandatarios.
Pero este joven siglo, al doblar la esquina de su primer cuarto, trae un regreso a los delirios absolutistas y monárquicos. Aparecen presidentes que aspiran a convertirse en césares, en líderes supremos poseedores de toda la sabiduría y de toda la inteligencia que ni siquiera acompañaron al último cónsul de Roma que hizo famoso tal nombre. En los países en donde el diálogo político sobrevive estos mandatarios tienen constantes confrontaciones con aquellos medios de comunicación que preservan su independencia. En los países en donde solo existe un diálogo de sordos los medios desaparecen, los comunicadores callan, y las grandes empresas buscan su conveniencia a través del adulo y de las humildes reverencias de antaño. La cadena televisiva más antigua del Ecuador ha encontrado que ya no es rentable el trabajo de cortesano del poder que tantos réditos le supusiera en el pasado. Trata de desandar el camino servil que ha transitado en los últimos años; procura reivindicar su independencia; exige su lugar en el panorama informativo. Demasiado tarde. Ha pasado su momento y se ha hundido su prestigio. Los amos no respetan a sus siervos, solo les dispensan mercedes mientras son útiles.
Carlos García Torres
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