Los dos grandes océanos lanzan su brisa sobre las fulgurantes moles de cristal de la ciudad de Panamá, por tanto, no es extraño que tantos papeles salgan volando desde las ventanas abiertas de los acaudalados despachos jurídicos que pululan en esa capital. Desde hace varios años algunos de esos papeles han caído en manos de acuciosos periodistas dedicados a develar la intimidad financiera de los reservados personajes que manejan el dinero y el poder en el mundo. Y así se comprueba una vez más que nada queda oculto bajo el sol y que, de una forma u otra, todos los secretos caen bajo las ávidas miradas públicas. Los “Panamá papers” trajeron consigo la revelación de la corrupción de Odebrecht y con ella arrastraron a mandatarios y funcionarios de todo el mundo en un despeñadero que los ha llevado a oscuras celdas, a destituciones, a exilios, a lejanas añoranzas de los buenos días de abundancia. Hoy se abre la caja de Pandora y los desatados males de la corrupción y la viveza vuelven a señalar con un implacable dedo acusador a quienes fueron sus dueños originales. Entre ellos se distinguen los preclaros perfiles de algunos mandatarios latinoamericanos sobre cuyas cabezas, cubiertas de provectas canas, cae la sombría amenaza de manejos monetarios moral o legalmente fraudulentos. Los airados reclamos por los daños inferidos a las dignidades presidenciales o las patéticas protestas de inocencia tienen el mismo regusto amargo que dejaron las últimas décadas. Los empapelados de ayer y los de hoy, al final, carecen de esa serena facultad de convicción que solo otorga un pasado limpio.
Carlos García Torres
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