La celebración del domingo de ramos es una de las tradiciones más arraigadas en el país; hace larga data, los feligreses vienen utilizando las ramas de la palma de cera en procesiones que emulan el ingreso de Jesús a Jerusalén.
Las palmas de cera adornan, cual gigantes, los bosques nublados del noroccidente ecuatoriano, con un crecimiento lento alcanzan su madurez a aproximadamente los 50 años, pero dependen de las condiciones de iluminación y humedad que sólo el bosque puede otorgar. Estas palmas representan el equivalente a la casa del loro orejiamarillo y del perico cachetidorado (ambos en peligro de extinción) porque prestan las condiciones óptimas para su anidación y además con sus frutos dotan de alimentación.
La reducción poblacional de la palma de ramos es alarmante, aunque no solo por la amenaza que representa su uso en domingo de ramos, sino también por el inclemente avance de la frontera agropecuaria que afecta a los bosques nublados.
Con la aprobación de la Constitución y consecuentemente de nuevas leyes, se ha podido reducir el uso de palma de cera, no obstante, urge la aplicabilidad eficiente de políticas públicas que optimicen el uso del suelo, pero más allá, se requiere consolidar en la conciencia ciudadana que la tradición y la conservación no deben contraponerse. Hoy vemos una luz al final del túnel, instituciones, grupos juveniles y feligreses promueven el uso de ramos alternativos elaborados con hojas de maíz, ciprés, laurel, cebada, manzanilla, sigse y paja.
Benjamín Ludeña
benjamin.ludena@gmail.com