Después del triunfo apabullante del NO en la consulta, poco o nada se ha vuelto a saber del presidente y de su agenda oficial. Se supo de él cuando hizo cerrar toda una avenida para pasearse solo en su Ferrari, un acto que, más que un paseo, parece una metáfora perfecta de su gobierno actual: una ruta despejada para él y los suyos, pero bloqueada para el ciudadano de a pie. El silencio absoluto en Carondelet es la prueba de que quienes están al frente del gobierno no tienen ni la mínima idea de lo que es gobernar, que nunca existió un plan B, ni plan Fénix para combatir la inseguridad que tiene aturdida a toda la nación.
La agenda post-derrota luce vacía. No hay un mea culpa pública, ni una convocatoria amplia para reconstruir consensos tras el rechazo a sus propuestas clave. En cambio, se percibe un repliegue hacia la tecnocracia y un posible endurecimiento del discurso, interpretando el «no» no como una crítica a su gestión, sino como un capricho obstinado de sentir que el poder mal utilizado genera rechazo en la ciudadanía. El riesgo es que, al no escuchar el veredicto de las urnas, su gestión se convierta en una hoja de ruta sin legitimidad, impulsada por la inercia del estado de excepción, pero carente del respaldo ciudadano necesario para las reformas estructurales que Ecuador sigue exigiendo. El Ferrari puede circular rápido en una avenida vacía, pero la gobernanza democrática requiere transitar, a veces lentamente, por el congestionado camino del diálogo con diversos sectores como siempre se tiene que hacer en democracia.
Después de las cuestionadas vacaciones de carácter reservado solicitadas a la Asamblea Nacional y de la gran cantidad de giras internacionales para mejorar la calidad de vida de los ecuatorianos, se escuchan rumores que el primer mandatario se presentará en el Palacio de Gobierno para continuar con el show.
Jorge Abad
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