Montalbano

El género policiaco tiene, desde siempre, la capacidad de atrapar a los lectores en mundos que se encuentran a caballo entre la fantasía y la realidad. Tal vez una de las razones que hacen tan cautivantes las narraciones policiales sea la verosimilitud de sus héroes. Se trata de personajes que, de acuerdo al contexto histórico, uno podría encontrarse en la calle. Los grandes razonadores decimonónicos, Auguste Dupin, o Holmes, o el gran Rouletabille se adaptan perfectamente a las sociedades de su época tanto como los duros detectives de la novela negra americana del siglo XX. Otra razón puede encontrarse en las posibilidades de una justicia ideal que, al menos en la fantasía literaria, se convierte en realidad concreta. Yo creo, sin embargo, que es el carácter moral de los personajes el punto más atractivo de esta clase de literatura. Jules Maigret se abstiene escrupulosamente de juzgar las razones de los delincuentes que atrapa y busca más bien entenderlos. Endeavour Morse impone su integridad frente a la banalidad de los entornos universitarios en los que se desenvuelve. Y Salvo Montalbano, sobre todos ellos, constituye un ejemplo de corrección ética en un mundo en el que lo asedia, por un lado, la mafia siciliana y, por otro, las ambiciones políticas o las conexiones sociales de sus superiores. El personaje de Andrea Camilleri se mantiene incólume ante todas las presiones y ante todas las tentaciones sucumbiendo únicamente a los placeres de la buena mesa.

Cerrados los libros volvemos a la realidad de nuestro país, a las cotidianas muestras de debilidad de conciencia, a los dedos acusadores, a los visados retirados, a la influencia cada vez mayor de las modernas mafias. Tanto hoy como ayer, en el cuerpo policial, en las cortes, en la política, andamos justos de buenos ejemplos.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com