Septiembre ha sido designado el Mes de Prevención del Suicidio.
La Organización Panamericana de la Salud nos advierte que “el suicidio es un importante problema de salud pública que aún está rodeado de estigma, mitos y tabúes”. Esta situación no ofrece oportunidades de cambio y permite una cierta indiferencia que deriva en una falta de atención a quien está padeciendo momentos de desequilibrio mental y de desesperanza.
Un suicidio no es solamente una tragedia para quien lo realiza, sino que involucra también a sus familiares, vecinos, comunidades y a la sociedad en general.
Según datos de la OMS, “En 2 021, se estima que 727 000 personas en todo el mundo perdieron la vida por suicidio”. Y, lastimosamente, América es la única región donde los suicidios han aumentado.
Puesto que las causas de los suicidios son varias y entrelazadas, el tema resulta bastante complejo. Sin embargo, nuestra actitud puede ser una tabla salvadora en algún caso. Y un resultado tan satisfactorio es suficiente para que nos dispongamos a ayudar en la ocasión que se nos presente. No se requiere ser técnico en la materia, pero sí es necesario tomar en cuenta algunas precauciones o consejos que pueden ayudar.
Empecemos con decir que debemos tener siempre y con todo el mundo una actitud de respeto, de comprensión, de paciencia, de generosidad, dispuestos a escuchar una declaración de angustia o de miedo. No empecemos con consejos, ni esperemos que con una charla sea suficiente para que se disipe la sombra del suicidio.
Quizás los padres de familia, los educadores y los políticos puedan interesarse en este tema y buscar una orientación técnica que permita ayudar, desde la posición que se ocupa, a manejar de manera más atinada los casos en que el suicidio se presente como un hecho a ocurrir.
Carlos Enrique Correa Jaramillo
cecorrea4@gmail.com