Si miras tras el rostro de una madre, ¿qué crees que verás? Tal vez ilusión, ternura, quizá sufrimiento o desengaños, pero también alegrías. En su mayoría, no son sus propias emociones, sino las de aquellos que ama, los que le dan luz y un sinfín de razones para reinventarse cada día, para moldearse en mil formas y cumplir con cada uno de los suyos.
Habrá quienes digan: «Para mí no, mi madre no es así. Es todo lo contrario». Quizá, por razones ajenas a su voluntad, su amor y sus sueños se derrumbaron antes de tiempo, y no pudo reponerse. Por eso, su actuar maternal se diluyó. Pero y si fijamente y, con el paso del tiempo, sigues viéndote en ella, habrás hallado tu respuesta: germinaste, eres su retoño.
Dar la otra mejilla es pertinente. Sanar tu corazón, recuperar lo perdido años atrás, te dará claridad. Entenderás que solo hay una madre, y su presencia te hace exclamar: «Tengo mamá». Cuando falta, llega el remordimiento, la angustia, la desolación. Como seres humanos, nuestra sensibilidad busca cobijo, protección y ternura. Esas palmadas, ese abrazo, esas palabras tiernas dan sentido a la vida. Ahí está tu madre, tu mamita.
¿Sigues dudando? No hay reemplazo. Es un privilegio para quienes aún la tienen, un regocijo para aquellos que, aunque ancianas, siguen siendo el núcleo de la familia. Para los que ya la perdieron, queda un sentimiento contradictorio: lágrimas mezcladas con la felicidad de los recuerdos.
Al final, la madre es el complemento perfecto en tu vida. Una sombra que te apacigua, te guía, te reprende, te aconseja, te mima y, a veces, hasta se vuelve tu cómplice… siempre para tu bien, únicamente para tu bien.
Es esa amiga que nunca espera nada a cambio, porque sus actos solo buscan tu bienestar. Para ella, lo material carece de valor; es insípido, superfluo. Lo que nutre su alma, lo que llena su corazón, son las palabras, los gestos, los actos más simples… porque para ella, esos detalles lo son todo. Por eso se dice: «Mamá es mamá».
¿Y tú, qué piensas?
Paúl Cueva Luzuriaga
paulscueva@hotmail.com